(POV Kyler)
El eco de mis propios pasos en el pasillo del ala de castigo sonaba como una cuenta regresiva. Llevaba en la mano un pequeño libro de salmos y el pesado manojo de llaves que el Padre Rodrigo me había confiado. La humedad de los muros de piedra y el olor a encierro me revolvían el estómago. Me detuve frente a la pesada puerta de madera reforzada, respiré hondo y giré la llave.
El chirrido de las bisagras fue un lamento. Al entrar, la luz mortecina de una pequeña bombilla en el techo