El eco de la succión de Aria todavía palpitaba en mi entrepierna mientras caminaba hacia el aula de Ética. El rastro de su saliva se secaba bajo mi pantalón, una marca invisible que me recordaba que ella creía tener las riendas de mi voluntad. Pero algo en mí había cambiado. La adrenalina del riesgo extremo en la sala de profesores, mezclada con la humillación deliciosa de haber estado a merced de su lengua frente a la Superiora, había despertado un instinto primario.
Si Aria quería jugar a las