El pestillo de la puerta del aula de Ética se sintió como una sentencia definitiva. El silencio que siguió al estrépito de los libros cayendo al suelo era denso, cargado de un magnetismo que hacía que el aire pesara. Aria estaba sentada sobre mi escritorio, con las piernas colgando y la respiración errática, mirándome con una mezcla de desafío y una sumisión que empezaba a brillar en sus ojos empañados.
Me coloqué frente a ella, ajustándome las mangas de la camisa blanca, ahora que la sotana ya