La mañana en la sala de profesores era un hervidero de quejas y formalidades que me hacían sentir como si estuviera usando una máscara de yeso. Me senté tras mi escritorio, intentando concentrarme en corregir unos ensayos sobre la patrística, pero el eco de los gemidos de Aria de la noche anterior todavía vibraba en mis oídos.
Liam Ferrari entró tirando su maletín sobre la mesa común, con la corbata ligeramente torcida y una expresión de agotamiento absoluto.
—Te lo juro, Kyler, esa chica me v