Adriel tuvo que ir a casa de su madre. El auto voló por las calles. Los semáforos en rojo pasaron desapercibidos. La urgencia le quemaba las venas.
Estacionó frente a la casa. Bajó del auto. Sus pasos rápidos sobre la grava.
Ana abrió la puerta antes de que tocara. El rostro expectante. La sonrisa preparada. Que murió cuando vio la expresión de su hijo.
—¿Qué pasó? —Las manos se le cerraron alrededor del marco de la puerta.
Adriel entró sin esperar invitación. Cerró la puerta detrás de sí.