La puerta de la escalera de emergencia se cerró con un golpe metálico detrás de ellos.
Pero no bajaron.
El brazo que la sujetaba —fuerte, inquebrantable— la empujó hacia arriba. Dos pisos. Tres. Cuatro. El hombre la llevaba casi en vilo, sus tacones apenas rozaban los escalones.
La máscara negra le cubría la cara por completo; solo se veían los ojos oscuros, fríos, calculadores.
Stephanie forcejeaba, el corazón le latía en la garganta, pero ya sabía. El tatuaje que asomaba bajo el guante de