Mía se sentía preocupada. La casa estaba rodeada de guardias. Hombres vestidos de negro. Algunos en autos. Otros a pie. Patrullaban el perímetro. Las ventanas. Las salidas.
La señora Patricia también estaba inquieta. Los ojos se le desviaban hacia las ventanas cada pocos minutos. Las manos le temblaban al limpiar la cocina. Pero no se atrevía a preguntar nada.
Mía tomó su teléfono. La pantalla brilló en sus manos. Ya le había mandado mensajes a Adriel. Tres. Cuatro. Sin respuesta.
Las notificac