Una hora después, Adriel entró a la casa. La llave giró en la cerradura. Los pasos resonaron en el recibidor.
—¿Mía?
—Aquí —respondió desde la sala.
Adriel apareció. Traje oscuro. Corbata aflojada. Los ojos cansados. Se detuvo al verla con ambos bebés en brazos.
Algo en su expresión lo alertó de inmediato.
—¿Qué pasó?
Mía dudó. Los ojos se desviaron hacia la puerta. Luego de vuelta a él.
—Tu madre vino.
Adriel se tensó. La mandíbula se le apretó. Los puños se cerraron a los costados.
—¿