El camino de regreso fue silencioso.
Mía miraba por la ventana. Las lágrimas le rodaban por las mejillas sin control. No sollozaba. No hacía ruido. Solo lloraba.
Las hormonas del embarazo lo hacían todo peor. Cada humillación se sentía amplificada. Cada palabra hiriente resonaba en su cabeza como un eco interminable.
Tomás conducía con las manos apretadas sobre el volante. La mandíbula tensa. Los ojos fijos en la carretera.
No dijo nada durante todo el trayecto.
Hasta que llegaron a la