Ese mismo día, al finalizar el evento, Ana entró al estudio de su hijo sin avisar. El coraje le hizo apretar los puños durante todo el trayecto. La imagen de Mía Yailes embarazada junto a su amante le revolvió el estómago.
Sus ojos se posaron en su hijo frente al escritorio.
Adriel revisaba documentos. La luz del atardecer entraba por la ventana y teñía todo de un naranja cansado.
—Tenemos que hablar —dijo Ana, sin preámbulos.
Adriel levantó la mirada. Dejó la pluma sobre el escritorio.
—¿Pasa