Días después, Tomás las había invitado a cenar a un restaurante pequeño, discreto, de esos que no intentan impresionar a nadie y por eso mismo se sienten honestos. Mía agradeció el gesto más de lo que quiso admitir. No por el lugar, sino por la forma en que él la miraba: con cuidado, con una atención antigua que no exigía nada.
Se recordó a sí misma tener cuidado. Tomás era un joven amable y bueno; no merecía falsas ilusiones.
Se sentaron cerca de la ventana. Tomás se encargó de todo: pidió ag