Adriel se llevó la mano a la sien con un movimiento brusco. Su rostro, antes impasible, se tensó; una palidez repentina le recorrió las mejillas.
Ana lo observó, alarmada.
—¿Adriel? ¿Qué te pasa? —se inclinó hacia él; sus manos buscaron su rostro. Él desvió la cara, en un gesto rápido y seco.
—Nada. Solo un mareo pasajero —la voz le salió más ronca de lo que pretendía. Forzó una respiración lenta, profunda, con la esperanza de que el dolor punzante cediera. No cedió.
—¡Esto no es nada! Te tiemb