Stephanie apoyó la espalda en el respaldo de la silla, incómoda, incapaz de sostenerle la mirada a su hermano.
No quiso entrar a ver el video de seguridad. Alegó que su cerebro no soportaría el trauma.
Jugueteó con el colgante de su arete derecho. Lo hizo girar entre los dedos como si aquel pequeño objeto pudiera distraerla de la situación.
No supo cuánto tiempo pasó. Su mente buscó una excusa creíble para explicar lo que fuera que las cámaras habían captado.
Las pisadas inconfundibles de Adrie