Adriel condujo lo más rápido que pudo.
El motor rugió cuando el auto se incorporó a la avenida principal. Los locales de la ciudad pasaban como destellos borrosos a ambos lados del parabrisas. Sus manos sujetaban el volante con fuerza; los nudillos adquirieron un tono pálido bajo la presión.
Exhaló por la nariz.
«Ve con cuidado», le había pedido Mía con voz baja.
El recuerdo llegó con una claridad inesperada. La escena se repitió en su mente: Mía apoyada en el marco de la puerta, una mano sobre