El instante duró una eternidad.
Las puertas abiertas.
Los flashes.
Margaret Carter en el umbral, con un vestido color champán que costaba más que el alquiler mensual de mi primer apartamento.
Y esa sonrisa.
Esa sonrisa que aprendí a leer antes de aprender a leer palabras.
Gané.
Eso decía su sonrisa.
Creías que eras intocable aquí. Y yo entré de todas formas.
Sentí el calor subir por mi garganta.
Lo aplasté.
Respiré.
Y sonreí.
Crucé el salón como si hubiera ensayado este momento mil veces.
Porqu