La oficina de Nathan era exactamente lo que esperaba.
Minimalista. Poderosa. Una pared entera de ventanales que mostraban Manhattan como un tablero de ajedrez desde cuarenta y dos pisos de altura. Escritorio de nogal oscuro. Sillas de cuero italiano. Arte moderno en las paredes que probablemente costaba más que mi antiguo apartamento.
Todo diseñado para intimidar.
Excepto que Nathan cerró la puerta y las cortinas automáticas descendieron, bloqueando la ciudad. Convirtiendo el espacio en algo más