El taller de Diana olía a café recalentado, tela nueva y determinación.
Eran las diez de la mañana del día anterior a la gala. El Día D menos uno. Y yo estaba de pie frente a un espejo de cuerpo entero, mirando a una extraña.
El vestido rojo colgaba de un maniquí junto a mí como una promesa de sangre. Aún no me lo había puesto. Diana insistía en que primero necesitábamos "preparar el lienzo".
—El maquillaje no es vanidad —decía mientras mezclaba tonos de base en su mano—. Es armadura de guerra.