Isabella arqueó una ceja y ladeó la cabeza con una sonrisa indescifrable. Su expresión estaba cargada de desafío, pero sus ojos reflejaban un destello travieso.
—¿Estás seguro de que fui yo quien te comió, profesor? Porque, si mal no recuerdo, fuiste tú quien no podía dejar de tocarme.
La forma en que lo dijo no tenía ni un atisbo de vergüenza. No se sonrojó, no titubeó. Lo soltó con la misma naturalidad con la que alguien habla de cosas triviales. Me gustaba eso. Me gustaba su descaro y su fal