El silencio entre nosotros era cómodo. O al menos para mí.
Caminábamos hacia el auto con ese vaivén entre la indiferencia y el deseo mal disimulado. Ella a mi lado, con ese andar arrogante, casi desafiante, como si pudiera incendiar el pavimento solo con sus pasos. Yo no dije nada. No me gustaban las conversaciones innecesarias, y ella lo sabía. O fingía saberlo, al menos.
Saqué las llaves del bolsillo trasero y desactivé la alarma del auto con un clic. El sonido agudo cortó el silencio justo c