El aplauso de Takeshi se extinguió por completo, aunque el último choque de sus palmas aún parecía suspendido en el aire, un eco metálico que se negaba a morir, vibrando entre las paredes del almacén como una provocación. Cuando bajó lentamente las manos, el silencio que cayó después no fue natural: fue denso, sofocante, casi agresivo. Un silencio que aplastaba el pecho. Nadie se movió. Nadie se atrevió siquiera a ajustar la postura. Era como si todos entendieran, sin necesidad de palabras, que no estaban presenciando solo el cierre de una trampa magistral… sino el colapso definitivo de una rencilla que llevaba muchos años gestándose.
Takeshi sostuvo la mirada de su abuelo.
No parpadeó.
Ya no había burla ni satisfacción en sus ojos. La ironía había desaparecido, reemplazada por una certeza amarga, pesada, una que no daba alivio alguno. Era la clase de certeza que se asienta en el estómago como una piedra.
Pero esa certeza no llegó como una revelación repentina, sino como algo que se a