El aplauso de Takeshi se extinguió por completo, aunque el último choque de sus palmas aún parecía suspendido en el aire, un eco metálico que se negaba a morir, vibrando entre las paredes del almacén como una provocación. Cuando bajó lentamente las manos, el silencio que cayó después no fue natural: fue denso, sofocante, casi agresivo. Un silencio que aplastaba el pecho. Nadie se movió. Nadie se atrevió siquiera a ajustar la postura. Era como si todos entendieran, sin necesidad de palabras, que