Cada paso de Takeshi sobre el pavimento húmedo no era un avance: era una declaración. Caminaba sin prisa, pero tampoco con cautela. El ritmo era seguro, medido, propio de quien no teme al terreno que pisa porque lo considera suyo, incluso cuando cruza territorio ajeno. La lluvia no lo incomodaba; se deslizaba sobre su abrigo como si supiera que no tenía permiso para tocarlo.
A su alrededor, las sombras se movían con precisión milimétrica. Sus hombres formaban un perímetro cerrado, silencioso, a