Cada paso de Takeshi sobre el pavimento húmedo no era un avance: era una declaración. Caminaba sin prisa, pero tampoco con cautela. El ritmo era seguro, medido, propio de quien no teme al terreno que pisa porque lo considera suyo, incluso cuando cruza territorio ajeno. La lluvia no lo incomodaba; se deslizaba sobre su abrigo como si supiera que no tenía permiso para tocarlo.
A su alrededor, las sombras se movían con precisión milimétrica. Sus hombres formaban un perímetro cerrado, silencioso, atentos a cada ángulo, a cada reflejo en los cristales oscuros de los vehículos. Dos autos negros aguardaban aún con los motores encendidos, faros apagados, listos para reaccionar ante cualquier movimiento inesperado. No era ostentación: era control.
La residencia del clan Shinagawa se alzaba frente a ellos con sobriedad impecable. Una mansión tradicional japonesa, amplia, discreta, protegida por muros bajos de piedra y una entrada que no necesitaba exageraciones para imponer respeto.
Del otro la