La casa lo recibió como si supiera lo que acababa de suceder. El aire era espeso, inmóvil, cargado de un silencio que no era habitual ni siquiera para una residencia acostumbrada a la discreción. Takeshi cruzó el umbral sin decir una palabra, el abrigo aún sobre los hombros, la mirada perdida en un punto inexistente. La imagen de Masanori cayendo hacia atrás seguía repitiéndose en su mente, una y otra vez, como un fotograma defectuoso que se negaba a desaparecer.
Los hombres que custodiaban la