Calabria los recibió con un cielo amplio y un sol tibio que no hería, que acariciaba.
Desde la ventanilla del coche, Erika reconoció el paisaje antes incluso de que el conductor anunciara la llegada. Las colinas onduladas, el verde intenso que no pedía permiso para existir, el aire salino que venía del mar mezclado con tierra antigua. Todo estaba allí, intacto y vivo, como si el tiempo hubiese decidido respetar ese rincón del mundo.
Respiró hondo.
No era solo un regreso físico. Era un retorno a