La sala quedó suspendida en el segundo justo antes de la tormenta. La respiración colectiva se convirtió en un rumor contenido; las lámparas de papel arrojaban conos de luz que sólo servían para delinear la tensión. Takeshi apretó la boca, frío de hielo en un cuerpo joven, y con un movimiento tan despreciativo como calculado deslizó una mano hacia su costado.
No fue una sacudida; fue un gesto de certeza. Sacó primero una daga corta, lustrosa, que sostuvo un instante entre los dedos. La elevó an