La casa de Takeshi se mostraba al día siguiente con la misma frialdad que una espada recién afilada: la luz entraba en láminas por los enormes ventanales y dibujaba rectas sobre el tatami, resaltando la geometría del orden. Para Erika, cada rincón era una lección de disciplina: árboles podados hasta la nausea, grava rastrillada en surcos que parecían nervaduras de un cuerpo que no podía equivocarse. Allí no existía el azar; todo era medida, gesto y consecuencia.
Takeshi la esperaba con dos cosa