La noche se rompió en rodajas de lluvia cuando Erika decidió que ya había tenido suficiente. El cielo descargaba sobre la casa de Takeshi como si el mundo quisiera lavar aquel lugar de todas sus reglas; los golpes del agua contra las hojas y los adoquines marcaban un compás que le pareció perfecto para correr. El jardín, que a la luz calma de la luna le había parecido una cárcel bonita, ahora ofrecía escondites: biombos, setos podados en figuras geométricas, un arroyo de piedra cuyos susurros s