El interior del jet privado era demasiado silencioso. Ni el ronroneo de los motores ni la penumbra suave de las luces lograban mitigar la tensión que flotaba en el aire como un humo invisible. Erika estaba sentada en un sillón de cuero beige, las muñecas libres pero con una sensación de cadenas invisibles: lo que la ataba no eran esposas, sino las miradas de los hombres de Takeshi, apostados a prudente distancia, cada uno tan rígido como una estatua.
Él, en cambio, parecía cómodo. No se había q