La puerta de la clínica se cerró tras ella con un sonido hueco, y el aire helado de la noche le golpeó el rostro. Fiorella se detuvo un instante, inhalando profundamente, como si intentara contener el torbellino de emociones que la embargaba. Pero fue inútil. Un gruñido bajo y gutural escapó de sus labios apretados.
—¡Ojalá esa maldita se muera! —farfulló entre dientes, sintiendo cómo la rabia le quemaba por dentro.
La odiaba. Con cada fibra de su ser.
Dante debía ser suyo. No de esa intrusa. No