El tiempo se había detenido para Dante. Desde que las puertas se cerraron tras la camilla que se llevaba a Svetlana, no había apartado la vista de ellas. Se mantenía de pie, inmóvil, como un depredador al acecho, pero con el pecho constreñido por una angustia que no sabía manejar. Su mente solo tenía espacio para un único pensamiento: ¿estará viva?
El pasillo del hospital privado era un lugar impersonal, iluminado con luces frías que contrastaban con la sangre seca en sus manos. La de ella. La