La camioneta frenó en seco frente a la entrada lateral de la villa. Las llantas chirriaron brevemente sobre la grava, pero Svetlana ya no estaba dentro.
Bajó antes de que el vehículo se detuviera por completo. Su rostro estaba blanco como la cal, los labios apretados con furia muda, las pupilas dilatadas. Parecía una mujer a punto de estallar. O de romperse.
Erik saltó tras ella, con el móvil aún en la mano, como si esa pantalla pudiera devolverles la vida que pendía de un hilo.
Svetlana cruzó