El fuego lamía los restos del vehículo como una criatura viva. El aire olía a metal fundido, a piel quemada, a muerte.
—¡DANTE! —rugió Ásgeir, cubierto de polvo y sangre, la chaqueta rasgada por la onda expansiva. Había salido despedido por la explosión, con el oído izquierdo sangrando y el cuerpo sacudido por el impacto. Se impulsó con los codos entre el polvo, las piedras, el ruido.
Y entonces, lo vio.
Gregor.
Tendido junto al costado del SUV, boca arriba, con los ojos abiertos hacia el cielo