La noche había caído con un peso húmedo sobre los ventanales de la mansión. La lluvia golpeaba con monotonía los cristales, como una vieja canción sin final.
Svetlana yacía en la cama, los párpados entrecerrados, pero no dormía.
Su cuerpo aún no respondía con la fuerza que deseaba. Los calmantes la mantenían a medio camino entre la conciencia y el letargo, pero había aprendido a fingir el sueño con la misma maestría con la que había aprendido a fingir que no dolía.
Un suave crujido en la puerta