Minutos antes...
El llanto no sonaba más. No porque se hubiese terminado el dolor. No porque las heridas hubiesen sanado. Sino porque ya no quedaba nada que doliera sin pudrirse por dentro.
Svetlana estaba sentada al borde de la cama, con la espalda recta, las piernas juntas, las manos entrelazadas sobre las rodillas. Aún tenía el camisón puesto, ligero como un suspiro. La habitación estaba en penumbra. Solo el fuego de la chimenea lanzaba sombras danzantes contra las paredes. Cada chispa parec