Svetlana se detuvo justo en el umbral de las mazmorras, con su silueta recortada contra el resplandor cálido que moría a sus espaldas, como si dejara atrás la última fracción de luz que quedaba en su alma. Allí, de pie, con los brazos colgando a cada lado y el mentón ligeramente en alto, parecía una estatua esculpida en hielo, hermosa y letal.
El aire allí dentro era más denso, húmedo, impregnado de moho y sangre seca. Las paredes de piedra rezumaban historia y tormento, ecos antiguos de gritos