Todos en la mansión aún dormían, o al menos eso creía Dante. El cielo estaba comenzando a desteñirse en el horizonte, ese gris azulado que antecede al amanecer, pero el silencio dentro de la casa aún pesaba como una lápida.
Dante cruzó el vestíbulo con pasos lentos, sin encender luces, guiado por la familiaridad del espacio y el caos de su mente. Aún sentía el calor de la conversación con Tatiana latiéndole en el pecho, como una herida recién abierta. Tenía mil pensamientos arremolinados en la