La caja no tenía cerradura. Eso fue lo primero que Ariadna notó: que alguien había confiado en que nadie llegaría hasta ella, o que si llegaba, ya no importaría.
Damien la había dejado sobre la mesa del consultorio antes de salir a buscar agua —ese gesto pequeño, esa excusa de los que necesitan un momento para ordenar lo que sienten antes de seguir mirando— y Ariadna se quedó sola con el cartón abierto y el peso de lo que contenía sin saber todavía qué era ese peso.
Los documentos estaban organ