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El casete era pequeño. Más pequeño de lo que Damien recordaba, o quizás era que la memoria siempre agranda las cosas que pesan.

Lo sacó de la caja de cartón que había traído del apartamento de octubre —esa habitación detenida, ese lugar donde alguien había vivido preparándose para desaparecer— y lo colocó sobre la mesa del consultorio con el mismo cuidado que se usa para manejar algo que podría romperse o podría explotar, y que en ese momento era imposible saber cuál de las dos.

Ariadna lo mira
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