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Las fotografías no mienten. Ariadna lo había aprendido tarde, en esa etapa de la vida en que uno cree que la memoria es suficiente y descubre que no lo es, que el recuerdo traiciona y embellece y omite con una destreza que la fotografía nunca se permite. Por eso las había sacado. Por eso las había ordenado sobre la mesa del comedor con la precisión metódica de alguien que ya no confía en su propia versión de los hechos.

Sebastián llegó puntual, como siempre. Eso también era una forma de mentira
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