Las cajas no habían cambiado de lugar.
Ariadna lo notó desde el umbral, con la luz de la tarde entrando oblicua por la ventana sin cortinas: seguían ahí, apiladas contra la pared del fondo, cubiertas con la misma sábana que llevaba meses sin retirar. Pero esa tarde algo era distinto. Quizás era ella. Quizás era el modo en que la sesión con Damien le había dejado las manos ligeramente temblorosas y la cabeza extrañamente despejada, como si alguien hubiera abierto una ventana en un cuarto que lle