La lluvia había cesado para cuando Ariadna llegó al consultorio.
No había cita. No la había habido en días, pero los dos lo sabían: la distancia entre sesión y sesión se había vuelto una convención vacía, una formalidad que ninguno de los dos sostenía con convicción. Ella tocó dos veces con los nudillos, esperó, y cuando Damien abrió la puerta con la corbata aflojada y el aspecto de alguien que llevaba horas sin moverse del mismo sitio, ninguno dijo nada. Ella entró. Él cerró.
Se sentaron en lo