La grabación comenzó en silencio.
No el silencio de una habitación vacía, sino el de un espacio demasiado lleno de tensión contenida, ese tipo de quietud que tiene textura y peso y que los micrófonos recogen con una fidelidad casi obscena. Damien reconoció el encuadre antes de reconocer las caras: una habitación que no era un consultorio pero lo fingía, con esa asepsia deliberada de los lugares que intentan parecer neutrales sin serlo. Dos sillas. Una mesa pequeña. Una ventana con las persianas