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La sesión comenzó como todas las demás.

Eso era lo primero que Damien notó: la ausencia de diferencia. Ariadna llegó puntual, se sentó en el mismo ángulo de siempre, cruzó las manos sobre el regazo con ese gesto que él había catalogado mentalmente como *postura de contención*, y esperó. No dijo buenos días. No preguntó si había tráfico. No hizo ninguna de las pequeñas ceremonias sociales con las que los pacientes suelen rellenar los primeros treinta segundos de una sesión, ese tiempo liminal en
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