21

La sesión veintiuno comenzó con una hoja en blanco.

Damien la había dejado sobre la mesa antes de que Ariadna llegara, sin instrucciones escritas, sin consigna visible. Solo el papel, la pluma al lado, y el silencio habitual de las cuatro de la tarde. Cuando ella entró —esta vez a la hora exacta, detalle que él también registró sin comentarlo— vio la hoja y no preguntó nada. Se sentó. La miró como quien mira algo que ya sabe que va a costarle.

—Hoy quiero que escribas —dijo Damien— quién eras a
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