La llamada llegó a las seis y cuarenta y tres de la tarde, cuando Damien todavía tenía los apuntes de la sesión veintiuno abiertos sobre el escritorio. No había terminado de escribirlos. Era raro en él —la documentación era un hábito casi físico, como cerrar las ventanas antes de dormir—, pero esa tarde algo en el trazo de Ariadna sobre el papel en blanco lo había dejado suspendido en un estado que no sabía cómo nombrar con el vocabulario clínico que tenía disponible. La miraba como se mira una