La cena olía a ajo y a normalidad.
Ariadna había llegado antes que Sebastián, como casi siempre, y había puesto agua a hervir sin pensar demasiado en lo que iba a cocinar. Terminó haciendo pasta. El gesto de los días sin energía, el gesto de los martes que se parecen a todos los demás martes. Puso la mesa con la misma disposición de siempre —tenedor a la izquierda, vaso cerca del plato, la servilleta doblada en un triángulo imperfecto— y cuando Sebastián entró por la puerta con la corbata afloj