La semana que siguió al décimo día fue, en términos clínicos, lo que Damien habría llamado una meseta funcional. En términos humanos, era algo más difícil de nombrar.
Ariadna comía. No con apetito —eso vendría después, si venía—, sino con la disciplina silenciosa de alguien que ha comprendido que el cuerpo es un instrumento que requiere mantenimiento, aunque uno ya no sepa bien para qué sirve la música. Desayunaba sola en la pequeña sala común del ala residencial, junto a la ventana que daba al