Afuera, la ciudad se movía con su ruido habitual: vendedores, buses, bocinas. Pero dentro de aquel apartamento, el mundo parecía detenido.
Por un instante, Lía se permitió cerrar los ojos y sentir el sol en el rostro. Le dolía todo: la distancia con su madre, la incertidumbre del futuro, el peso de criar sola a su hija. Pero debajo de todo eso, latía una calma nueva, como si por fin la vida le estuviera devolviendo un respiro.
Esa noche, cuando terminó de organizar lo poco que tenía, preparó u