Las horas parecieron eternas. El reloj de la sala de espera marcaba cada segundo como una tortura. Betty caminaba de un lado a otro, sin poder contener las lágrimas; Mary permanecía sentada, inmóvil, con las manos entrelazadas y la mirada perdida en el suelo.
De pronto, la puerta del quirófano se abrió. El médico salió con el rostro cansado, el uniforme manchado de sangre y el gesto grave.
Todos se levantaron de inmediato.
—¿Cómo está mi hijo? —preguntó Mary, con la voz temblorosa.
El doctor s