El auto se deslizaba por las calles con la suavidad de una despedida que nadie se atrevía a nombrar. Melissa iba en silencio, mirando por la ventana, sin preguntarse hacia dónde la llevaba Bruno. Él conducía sin música, sin hablar demasiado, con la mano izquierda en el volante y la derecha entrelazada con la de ella.
El pulso le latía rápido, como si aún estuviera en aquel jardín, pero no estaba allí, estaba con Melissa y eso lo decía todo.
Se detuvieron frente a un edificio antiguo con balcone