El silencio se quebró apenas con el roce de sus respiraciones. Bruno la tenía entre sus brazos sobre el sofá, pero no se movía, solo la miraba y ese simple acto, esa mirada suya, era tan penetrante que Melissa sintió que no tenía piel suficiente para contener lo que despertaba en su interior.
—Espero que eso quede claro para ti… —murmuró como si fuera una promesa.
Ella alzó la mano, temblorosa, y le acarició la mandíbula marcada, bajando por su cuello, donde la piel era tibia, viva y palpitante